—Hija mía—le dijo con emoción mal contenida—, te presento al marqués de los Montes de Hierro.
Germana cogió al niño por la cabeza y le besó dos o tres veces. El pequeño Gómez recibió aquellas caricias con agrado y aun creo que le devolvió un beso. La joven le miró largo rato y sintió el corazón emocionado. No sé qué proceso se desarrolló en el fondo de su pensamiento, pero, después de un esfuerzo invisible, le dijo a media voz:
—¡Hijo mío!
La viuda la abrazó agradecida.
—Marqués, ahí tienes a tu mamaíta.
—¡Mamá!—repitió el niño sonriendo.
—¿Quieres que sea tu mamá?—preguntó Germana.
—Sí—respondió.
—Pobre pequeño, no será por mucho tiempo, ¡no!
—¡No!—repitió el niño sin comprender lo que decía.