—No se trata de mí—repuso—. Es que me intereso vivamente por una pobre niña que tiene los pulmones destrozados.
—Envíeme usted a su casa, señora. No hay curación imposible para la homeopatía.
—Es usted muy bueno, doctor. Pero su médico, un simple alópata, asegura que ya no le queda más que un pulmón, y aun estropeado.
—Se le puede curar.
—El pulmón, tal vez. ¿Pero y la enferma?
—Puede vivir con un solo pulmón. Se ha visto muchas veces. Yo no le aseguro que pueda subir al Mont-Blanc a la carrera, pero sí vivir tranquilamente por espacio de muchos años, a fuerza de cuidados y de glóbulos.
—¡No deja de ser un porvenir! Nunca hubiese creído que se pudiese vivir con un solo pulmón.
—Tenemos ejemplos muy numerosos. La autopsia ha demostrado...
—¡La autopsia! ¡pero la autopsia no se hace más que a los muertos!
—Tiene usted razón, señora, y mis palabras se asemejan a una tontería. No obstante, escuche usted. En Argelia, el ganado de los árabes es generalmente tísico. Los rebaños están mal cuidados, pasan las noches al relente y enferman del pecho. Nuestros súbditos musulmanes no se sirven para nada del veterinario; dejan a Mahoma el cuidado de curar a sus vacas y a sus bueyes. Pierden muchas cabezas a causa de esta negligencia, pero no las pierden todas. Los animales curan alguna vez, sin el socorro de la ciencia y a pesar de todos los estragos que la enfermedad haya podido hacer en su cuerpo. Uno de mis colegas que presta servicio en el ejército del Africa, ha visto sacrificar en los mataderos vacas curadas de la tisis y que habían vivido muchos años con un solo pulmón en muy mal estado. A esta autopsia quería referirme yo.