Como media docena de lebreles vivos, agrupados según su capricho, se aburren al pie de la escalera, mordisquean las verónicas floridas en los vasos del Japón o se tienden sobre la alfombra alargando la cabeza serpentina. Los lacayos, sentados en banquetas de Beauvais, cruzan solemnemente los brazos, como conviene a los criados de buena casa.
El día 1.º de enero de 1853, hacia las nueve de la mañana, toda la servidumbre del hotel celebraba en el vestíbulo un congreso tumultuoso. El administrador del barón, el señor Anatolio, acababa de distribuirles el aguinaldo. El mayordomo había recibido quinientos francos, el ayuda de cámara doscientos cincuenta. El menos favorecido de todos, el marmitón, contemplaba con una ternura inefable dos hermosos luises de oro completamente nuevos. Habría celosos en la asamblea, pero descontentos ni uno solo, y cada uno a su manera decía que da gusto servir a un amo rico y generoso.
Los tales individuos formaban un grupo bastante pintoresco alrededor de una de las bocas del calorífero. Los más madrugadores llevaban ya la gran librea; los otros vestían aún el chaleco con mangas que constituye el uniforme de media gala de los criados.
El ayuda de cámara iba vestido de negro completamente, con zapatillas de orillo; el jardinero parecía un aldeano endomingado; el cochero llevaba chaqueta de tricot y sombrero galoneado; el portero un tahalí de oro y zuecos. Aquí y acullá se distinguía a lo largo de las paredes, una fusta, una almohaza, un encerador, escobas, plumeros y algo más cuyo nombre ignoro.
El señor dormía hasta mediodía, como quien ha pasado la noche en el club, y por lo tanto tenían tiempo para empezar sus faenas. Por lo pronto se entretenían en darle empleo al dinero y las ilusiones les ocupaban bastante. Los hombres todos son algo parientes de aquella lechera de la fábula.
—Con esto, y lo que ya tengo ahorrado—decía el mayordomo—, puedo redondear mi renta vitalicia. A Dios gracias no falta el pan, y los días de la vejez los tendré asegurados.
—Como es usted soltero—replico el ayuda de cámara—, no tiene que pensar en nadie. Pero yo tengo familia. Por eso pienso entregarle el dinero a ese buen señor que va a la Bolsa, y algo me producirá.
—Es una buena idea, señor Fernando—dijo el marmitón—. Cuando vaya usted, llévele mis cuarenta francos.
El ayuda de cámara se creyó obligado también a intervenir y exclamó en tono de protección:
—¡Vaya con el joven! ¿Qué crees tú que se puede hacer con cuarenta francos en la Bolsa?