—Doctor—preguntó el conde—, ¿ha hablado usted de las condiciones?
—Sí, querido conde; las aceptan todas.
La señora Chermidy lanzó un grito de alegría.
—¡Negocio concluido! ¡Viva París, donde se compran las duquesas al contado!
El conde frunció el entrecejo. El doctor dijo vivamente:
—Si usted hubiese podido venir conmigo, señora, tengo la seguridad de que habría llorado.
—¿Es realmente muy conmovedor una duquesa que vende a su hija? ¡Un episodio del mercado de esclavas!
—Yo diría mejor un episodio de la vida de los mártires.
—¡Galante está usted!
El doctor contó la escena en la que él había representado un papel. El conde se emocionó. La señora Chermidy tomó su pañuelo e hizo ademán de enjugar sus hermosos ojos que no lo necesitaban.