—¡No faltaría más sino que se me ofreciese un yerno plebeyo! Confieso que en cualquiera otra circunstancia me consideraría muy honrado. Don Diego Gómez de Villanera es bien nacido, he oído elogiar a su familia y a su persona. Pero, ¡qué diablo! ¡no quiero que se diga que la señorita de La Tour de Embleuse tenía un hijo de dos años el día de su boda!
—No dirán nada, ni lo sabrá nadie. El reconocimiento será secreto, y después, ¿quién se ocuparía de eso más tarde? Ni la ley ni la sociedad establecen diferencia alguna entre un hijo legitimado y un hijo legítimo.
—¿Pero cree usted que yo voy a poder ver a Germana en el altar mayor de Santo Tomás de Aquino, con el señor de Villanera a su derecha, la señora Chermidy a su izquierda con un niño de dos años en los brazos, y el sepulturero cerrando la comitiva? Eso es sencillamente abominable, mi pobre doctor. No hablemos más de ello... Diga usted... ¿Y es muy complicada esa ceremonia del reconocimiento?
—No hay ceremonia alguna. Una frase en el acta de matrimonio y todo queda en regla.
—Esa frase es la que sobra. No hablemos más de ello. Ni una palabra a la duquesa, ¿me lo promete usted?
—Se lo prometo.
—¿Y usted cree que verdaderamente está tan mal la pobre duquesa? ¡Pero si está tan ágil como cuando tenía quince años!
—El estado de la señora duquesa es bastante serio.
—¿Y cree usted, de buena fe, que con dinero la podríamos curar?
—Respondo de su vida si obtengo de usted...