—¡De modo que usted...! ¿Así usted tenía su idea al enviarme aquí?
—Seguramente. Si no hubiese habido nada que hacer, yo hubiera buscado a un hombre honrado. Gracias a Dios, no faltan. ¡Hasta hay demasiados!
—¿Y era por eso por lo que me ofrecían 1.200 francos de renta?
—¡Figúrate!
—Sospecho que fue usted la que me escribió aquel anónimo.
—¿Quién había de ser?
—¿Pero qué interés tiene usted?
—¿Qué interés? Tu ama ha robado su marido a la mía. ¿Comprendes ahora?
—Empiezo a comprender.
—Deberías haber empezado más pronto, ¡imbécil!