—Le pagaremos el pasaje, aunque cueste un millón.
—Es que somos dos; he traído a le Tas.
—Doblaremos quizá la suma.
—¿Qué ganaría yo con eso? Si yo fuese lo que usted supone, podría tomar hoy el dinero y dar mañana el escándalo. Pero valgo más que todos ustedes.
—¡Muchas gracias!
—Tome usted, bello embajador, llévele esto al rey su señor y dígale que si quiere algo para el otro mundo, me lo puede enviar esta noche.
—¡Cómo! ¿Ya acudimos a los grandes efectos?
—Sí, amigo mío. Este es mi testamento y aquí está el acta de mis últimas voluntades. El paquete no está cerrado, puede usted leerlo.
—¡Efectivamente!
Y leyó: