Quedaron reconciliados.

—¿Quieres que nos vayamos hoy mismo?—preguntó al cabo de un momento Saavedra en tono indiferente.

—Aguardemos hasta mañana... Tal vez venga hoy el equipaje—respondió la joven, que deseaba hacer olvidar sus duras frases.

—Vamos entonces á dar un paseo por la bahía. La tarde es hermosa; alquilaremos una falúa...

—¡Oh, sí, sí, Alfonso! ¡Me muero por los paseos por el mar!—gritó Julia batiendo las palmas.

—De paso te comprarás la ropa que te haga falta.

Julia, alegre ya como unas castañuelas, se puso de nuevo frente al espejo para arreglarse el pelo.

—No sabes, Alfonso, lo que á mí me gusta pasear en lancha... y si hay un poco de oleaje, mejor. No me mareo. Cuando fuimos hace tres años mamá y yo desde Santander á Bilbao...

Al llegar aquí dió un grito horrible, de esos que ponen los cabellos de punta y dejan helada la sangre de quien los oye. Se le cayó el peine de las manos. Sus ojos clavados en el espejo, expresaron el terror y el espanto.

Por el espejo había visto abrirse la puerta del cuarto y aparecer en ella la figura de su hermano Miguel.