—Hola, chiquita—dijo el caballero con acento protector, dándole una palmadita en la mejilla.—¿Tu amo?...

—¿Pero no sabe que el señorito se ha ido el lunes á Galicia? ¡Bien se conoce que ya no ensucia la escalera de esta casa con el polvo de sus botas!

—¿La señorita?—preguntó el elegante con gesto distraído, colocando, al propio tiempo, el bastón y el sombrero en el perchero.

—En su gabinete está cosiendo... ¿Quiere que la avise?

—No hay necesidad—replicó avanzando resueltamente hacia la sala, y abriendo la puerta del gabinete.

Maximina cosía alguna ropa del niño, mientras éste, ajeno enteramente á las luchas políticas en que estaba metido su papá, dormía en la alcoba ocupando dos cuartas cuadradas del gran lecho conyugal. El pensamiento de la niña volaba por encima de la blanca cabeza del Guadarrama, atravesaba los yermos campos de Castilla, é iba á perderse en las frondosas arboledas de Galicia. «¿Tendrá bastantes calcetines?»—se preguntaba en aquel momento. Esta era la grave preocupación de Maximina desde que su esposo se había ido. «Ocho pares, no bastan, no pueden bastar, mudándoselos todos los días como él acostumbra. En aquel país creo que no se lava la ropa á menudo. ¡Ay, Dios mío, y si llueve y se humedece los pies, ¿cómo se los va á mudar dos ó tres veces al día como hace aquí?... Estoy segura de que no se le ocurre comprarlos... ¡Es más dejado!...

Sonó el pestillo de la puerta. Al levantar la cabeza, sus ojos se encontraron con los de D. Alfonso.

Es difícil figurarse la sorpresa que aquella aparición repentina causó á Maximina, y el susto y el terror que de ella se apoderaron. Se puso pálida hasta dar en lívida, después fuertemente colorada, después otra vez pálida; todo en obra de muy cortos momentos.

Saavedra cerró la puerta y le alargó la mano con gran desembarazo.

—¿Cómo está usted, Maximina?