Pero los de D. Martín no se acobardaron. En cuanto se les intimó la orden, sintiéndose fuertes, porque el público, ganoso de jolgorio, les apoyaba, pasaron con la orquesta el puente que hay sobre la ría y que divide el término municipal de Serín del de Agüeria por extraño caso. Una vez fuera de la jurisdicción del alcalde enemigo, la música bramó y chilló de un modo horrísono, y los de D. Martín, animando á la muchedumbre á seguirles, volvieron á organizar los bailes y á prorrumpir en vivas. Así pasó la tarde en fiesta y jarana, mientras los de la Casiña, reunidos en el escritorio de su jefe, paladeaban, haciendo muecas de disgusto, el amargor de la derrota.

Y para colmo de desdichas, El Occidente, periódico de D. Martín, que le tocaba salir al día siguiente, los insultaba más que nunca y se burlaba de ellos de un modo cruel. En Serín había dos periódicos semanales: uno El Occidente, de los de la Casona, que aparecía los jueves, y otro La Crónica, de D. Servando, que se publicaba los domingos. Estas eran las dos serpientes á que aludíamos al describir el paraíso de Serín. La Crónica estaba escrita casi entera por un ex-piloto, y por eso en todas sus cuchufletas había términos marítimos. Á D. Martín solía llamarle «el pailebot Martín Pescador», y á su mujer «la fragata de alto bordo doña Manuela», lo cual hacía morir de risa á sus partidarios. El Occidente estaba encomendado á un maestro de escuela, quien para insultarles rebuscaba los términos más estrambóticos del diccionario. Aquel día llamaba á D. Servando «tozudo y zorrocloco», y para Miguel también tenía algunas alusiones desvergonzadas. El primero tomó su «zorrocloco» con mucha filosofía; pero el segundo, poco avezado á las polémicas groseras de los pueblos, se puso fuertemente colorado y declaró «que estaba resuelto á abofetear y escupir en la cara al director de aquel papelucho».

Los amigos de D. Servando se miraron estupefactos.

—Despacio, despacio, mi señor—dijo aquél con la flema de siempre.—No le aconsejo que haga semejante cosa, porque es el mayor gusto que usted pudiera darles. El juez de primera instancia es suyo.

—¿Y qué tenemos que ver aquí con el juez? Se trata de un asunto de honra que se resolverá pegándonos ese individuo y yo una estocada ó un tiro.

Los circunstantes se miraron aún con mayor susto. En Serín eran desconocidos en absoluto semejantes procedimientos, y por consiguiente, no había que pensar en que nadie se batiera. Si ejecutaba lo que había anunciado, Miguel corría gravísimo riesgo de ir á la cárcel y aun de ser incapacitado. Convencido á la postre, renunció á su proyecto, aunque de mala gana.

No rieron mucho tiempo los de la Casona. A los tres días llegó la orden de suspensión de los Ayuntamientos de Villabona y Agüeria. ¡Entonces sí que hubo jarana y cerveza en la Casiña! D. Servando, para dar matraca á sus enemigos, hizo salir á la música y la tuvo doce horas cencerreando por las calles. Aquel día no quedó ni un solo cohete por disparar en Serín.

Con este golpe quedó asegurada por completo la elección de Miguel. Los de la Casona así lo comprendieron, y con las orejas caídas empezaron como siempre á gestionar el indulto. Faltaban solo nueve días para abrirse el período electoral.

Mas aquí conviene, como nunca, exclamar con el poeta:

¡Oh instabilidad, mudanza cierta!
¿Quién habrá que en sus males no te espere?
¿Quién habrá que en sus bienes no te tema?