CX.

Ni á tí tus propios Dioses al Troyano

Te supieron hurtar, Cupenco. ¡Ay triste!

Puesto el pecho á sus golpes, es en vano

El broquel acerado que le asiste.

Y tú tambien al laurentino llano,

Eolo ilustre, á sucumbir viniste;

Tambien debian estos arenales

Tus espaldas medir descomunales!