XI
Anduvo mucho, muchísimo, no sabía cuánto ni cómo ni por dónde. Anduvo errante, a la ventura, por calles y plazuelas, eligiendo las menos concurridas, esquivando las miradas de los transeúntes, temeroso a cada instante de encontrarse un amigo impertinente que le sacara de sus meditaciones que, tristes y todo, tenían el adorable encanto de ser suyas. Pasó, repasó y volvió a pasar el intrincado laberinto de calles desde la suya a los Mostenses y desde los Mostenses a San Gil; subió la de Leganitos, y huyendo de la de Preciados, se metió en los alrededores de la plaza de los Ministerios; bordeó luego los jardines de la plaza de Oriente, pasó frente Palacio, siguió por Bailén, cruzó el Viaducto y, torciendo después a la izquierda, entró en la de Don Pedro, bajó a la de Segovia y se perdió en las intrincadas callejuelas del Madrid viejo, en las retorcidas, desiguales calles de la antigua villa, más frías, más tristes, más lóbregas que nunca, bajo el cielo nublado.
En el silencio de estas viejas calles donde los pasos retumbaban como en sonoro claustro de convento, sus ideas confusas comenzaron a cristalizarse poco a poco; el instinto de la vida, sobreponiéndose a todo con brutal egoísmo, fue borrando tristezas, recuerdos, delirios, toda la parte ideal de sus amores, para mostrarle al fin, cruda y escueta, la terrible realidad del presente, el problema, planteado ya, de su nueva situación en el mundo.
¡Bonita situación! Sin familia, sin amigos, sin casa, sin dinero... ¿Qué hacer en este trance, qué hacer? Y como la contestación satisfactoria no llegaba, seguía errando, pausada y tardamente, por las viejas calles, más tristes, más lóbregas, más solitarias cada vez. El viento triunfaba en ellas, retorciéndose en las esquinas, apagándose en las fachadas, barriendo los desperdicios del arroyo, silbando en los aleros, zarandeando persianas y cortinas, haciendo oscilar las llamas de los faroles que, débiles, temblaban como reverberos de retablo. Las sombras vagas de los transeúntes, al pasar bajo el radio mezquino de luz, se destacaban un momento; después se confundían de nuevo en la negrura de la noche. Aullaba un perro. Una guitarra gemía plañidera una copla andaluza.
En el silencio augusto de estas calles, de estas viejas calles retorcidas y lóbregas que pesaban sobre su conciencia con la tristeza acumulada de tres siglos, Luis sentía que su espíritu declinaba, que su voluntad se adormecía y que un abatimiento profundo, muy profundo, se iba apoderando lentamente de él. Se encontró solo, abandonado y triste; triste sobre todo. Un ansia imperiosa de llorar, de desahogar su corazón acongojado, le acometió de pronto, y apoyándose en el saliente de una reja, lloró largo tiempo, con lágrimas tibias y sollozos hondos.
Poco a poco sus energías reaccionaron. Se dio cuenta de su debilidad, y, avergonzado, irguió la frente y paseó la mirada por la calle. Nadie le había visto; todo dormía en el reposo augusto; solo el viento seguía silbando en las encrucijadas, zarandeando las cortinas de lona y empujando las nubes que, en el gris pizarroso del cielo, ante el lívido espectro de la luna, se extendían flotando como algas gigantescas. Terció la capa con gallardo ademán y siguió andando, tranquilo ya, seguro de sí mismo, firme el pisar y la mirada altiva.
A medida que el problema se desenvolvía en su cerebro, le encontraba más fácil y sencillo. Después de todo, aquello era perfectamente natural. No había por qué ni para qué abatirse. Solo los espíritus pobres decaen en la lucha; la temen y la huyen. Los fuertes la persiguen, combaten y triunfan. En la batalla de la vida, solo sucumben los cobardes y los débiles. Razonando con frialdad de esta suerte, hubo un momento en que hasta se alegró de su nueva situación, de este cambio de vida que le permitiría en lo sucesivo desenvolver sus ideales, sus energías, sus grandes ambiciones de gloria, sujetas hasta entonces por la inacción y el indiferentismo. No sentía remordimiento alguno por lo que había hecho; al contrario, le parecía admirable aquella ruptura inesperada y brusca. Así estaba más libre y más independiente.
Sin saber cómo se encontró en la calle del Arenal, esquina al pasadizo de San Ginés, en el momento mismo en que los grandes focos eléctricos apagaban unánimes su resplandor blanquísimo. La gente salía del teatro, las mujeres tapándose la cara y los hombres encendiendo pitillos. Avanzaban lentos, en compacto grupo por el angosto pasadizo donde se separaban, extendiéndose a lo largo del arroyo como río que se sale de madre. Los coches alquilados se alejaban retumbando con ruidoso rodar.
Oculto en la sombra de una puerta, apoyado en el quicio y embozado en la capa, se distrajo largo rato viendo pasar la muchedumbre. Gentiles parejas cogiditas del brazo; grupos de muchachos tarareando los cantables; señores graves, familias burguesas, mujeres honradas y mujeres alegres, gente elegante y gente del pueblo, el público de la butaca y el público del anfiteatro mezclado y unido en democrática confusión. Vio a Gaitán con varios amigos; a Lola Guzmán y a Paca Rey, espléndidas, elegantísimas, llenando la calle con su omnipotencia de mujeres hermosas. Y tiernamente unidos, juntos, muy juntos, hablándose en voz baja, comiéndose con los ojos, andando muy despacio, muy despacio, los últimos de todos, enamorados y felices, Manolo y Petrita. Iban tan arrobados uno en otro que no le vieron: ¡qué habían de verle!, si no veían nada, si para ellos no había más mundo que ellos mismos, que su cariño inmenso que los unía y los confundía y los amalgamaba en un solo deseo y una sola idea y una sola personalidad.
Apoyado en el quicio de la puerta, oculto en la sombra, los miró alejarse poco a poco. Y al verlos tan unidos, tan dichosos, tan satisfechos de ellos mismos, poseedores felices del amor que alegra la existencia, un sentimiento de envidia royó su corazón. El recuerdo de la mujer querida apareció de nuevo y sumiole otra vez en hondos pesimismos.
El cielo estaba completamente cerrado. Había calmado el viento y una lluvia helada y menudísima caía lentamente.
Pegado a las paredes, resguardándose del agua bajo las piedras de los balcones, atravesó acelerando el paso la Puerta del Sol. Sentía hambre y frío. Dolorosa sensación de angustia le oprimía el pecho y su estómago le hacía sufrir horriblemente. Pensó entrar en un café; pero el brillo de las luces y la concurrencia que en todos se le antojó numerosa, le hicieron desistir de su propósito y siguió andando por la Carrera de San Jerónimo, sin objeto alguno, sin pensar en nada, en un completo embrutecimiento de su ser, mecánicamente, muy entretenido en ver cómo su sombra crecía y se agrandaba bajo los vacilantes mecheros del gas.
Al llegar a la calle del Príncipe, la lluvia arreció de tal manera, que no tuvo más remedio que guarecerse en un portal, al lado de un guardia de orden público. Y allí estuvo una hora y otra, muerto de frío, tiritando, aguardando inútilmente a que escampara.
Con gran sorpresa suya oyó de pronto que le llamaban, y alzando los ojos, vio parado delante de él un coche de punto con la portezuela abierta, y en el Interior la elegante silueta de una mujer que le hacía señas para que se acercase. Era Isabelilla.
—Pero, hombre, ¿qué haces ahí?
Tan embrutecido estaba, que no supo al principio qué contestar. Bien es verdad que en aquel momento la respuesta resultaba un tanto difícil.
—Nada, ya ves; esperar a que escampe.
Lo dijo con tono tan extraño, tan abatido, que Isabelilla no pudo por menos de mirarle asombrada.
—¿Qué te pasa, chiquillo?
—Nada.
—A mí no me vengas con mentiras; a ti te pasa algo: ¿qué duda cabe de eso? Te pasa algo y me lo vas a contar ahora mismito... Sube.
—No.
—¿Por qué? ¿Qué vas a hacer en ese portal, mamarracho? Ea, sube; te llevaré a tu casa.
Iba a replicar negándose nuevamente; pero comprendiendo que no era cosa de entrar en explicaciones delante del guardia y del cochero, calló y entró en el coche.
—Oye, arrea a un café donde haya poca gente.
Mientras fueron en el carruaje, Isabelilla permaneció callada; pero en cuanto entraron en el café, abordó resueltamente la cuestión.
—Mira, chiquillo, tú a mí no me la das, te conozco demasiado. Esta noche estás tú muy triste y muy desesperado, y eso no puede ser más que por dos motivos: o no tienes dinero, o te ha engañado una mujer. —Y como observara que Luis se sonreía amargamente, prosiguió con voz firme, segura de haber puesto el dedo en la llaga—: ¿Ves tú? No había más que mirarte para comprenderlo. Tú esta noche has jugado y has perdido, ¿no?, pues entonces es lo otro, eso es: tú has reñido con una mujer, con una mujer a quien quieres mucho, ¡como que has llorado...!, tienes todavía hinchados los ojos. Pues ¿sabes lo que te digo?; que no hay en el mundo ni una sola mujer que merezca que un hombre llore. Ya ves tú, yo soy mujer y te lo digo. De manera que pelillos a la mar; echa por el camino de en medio, tira a un lado tormentos y fatigas y mírame a mí, a tú Isabelilla, que está toda por ti dispuesta a darte todas las alegrías que tú quieras... ¡Qué barbaridad! ¡Pues no lo has tomado tú poco a pechos! Ni que te fuera en ello la vida. Vamos a ver: ¿se puede saber quién es esa señora que te trae de cabeza esta noche? ¿La conozco yo?
—¡Tú qué vas a conocer!
—Bueno, hombre, no te alteres, que no la ofendo. ¡Ni que fuera la Virgen del Carmen! —Se detuvo por miedo de decir demasiado. Después, observando el aspecto abatido del pobre chico, continuó con tono amable, oprimiéndole dulcemente la muñeca—: Vamos, no te pongas así... Me da mucha pena verte triste. Anda, cuéntame lo que te ha pasado. ¡Qué caramba!, cuatro ojos ven más que dos: es posible que te pueda dar un buen consejo.
Él, entonces, sugestionado por aquella amabilidad, en un arrebato de expansión, en una necesidad imperiosa de hacer a alguien partícipe de sus intimidades, de descargar todas las miserias que pesaban sobre su alma, se lo contó todo. Ella le oyó en silencio, sinceramente interesada. Cuando terminó de hablar, quedó largo rato pensativa. Después, adoptando un aire de superioridad, como mujer que comprende toda la importancia de un consejo, emitió francamente su parecer.
—¿Sabes lo que te digo? Que esa mujer no te quiere, no te hagas ilusiones, ¡qué te va a querer! Si te quisiera, no te habría dejado marchar esta noche en las condiciones en que te has ido, solo, sin dinero... Y a mí no me vengas con que ha sido por deber ni por virtud, ¡mentira!, el verdadero deber, la verdadera virtud estaba en haberte retenido en su casa, hasta que tú encontraras medios de vida, en coger el corazón y pisotearle y decirte, si es que quería ser buena: «Mira, chico, no te molestes en hablarme de amor, porque entre tú y yo no puede haber nada». Eso, eso era virtud, eso era deber. Pero echarte a la calle a hacer el golfo y a pasar fatigas, eso, eso no lo hace ninguna mujer que quiere, menos aún, ninguna mujer que tenga corazón. Perdona si te hago daño —prosiguió al ver que a Luis se le saltaban las lágrimas—, pero, ¡qué quieres!, no puedo remediarlo; ¡me da coraje que se porten así con un hombre!
Calló de pronto. Él dio un suspiro y abatió la cabeza sobre el pecho.
—Bueno, ¿y qué vas a hacer?
—No sé.
—¿No tienes nada pensado?
—Nada.
Ella calló de nuevo. Luego, adoptando una resolución enérgica, le preguntó a boca de jarro:
—Oye; ¿quieres venir a vivir conmigo?
Él la miró asombrado; vaciló un momento; pero reponiéndose en seguida, contestó secamente:
—No.
—¿Por qué? ¿Qué inconveniente hay? Mira, yo ahora no tengo a nadie, soy libre, dispongo de dinero... para..., para..., lo menos para tres meses. Y en tres meses, ¡figúrate tú! Anda, ¿quieres?
—No, Isabel, no, no puede ser.
—Pero ¿por qué? ¡Si no lo sabrá nadie..., si nadie tiene necesidad de saberlo...! Y aunque lo sepan, ¿no puedes tú vivir con quien te dé la gana? ¿O es que quieres tanto a esa mujer, que aun después de lo que te ha hecho no quieres faltarla? Si es así, me callo; pero conste que te hago el ofrecimiento con toda mi alma.
—Gracias, Isabel, muchas gracias; ya lo sé.
—Bueno, pues entonces otra cosa. Tú no tienes dinero; permíteme que te preste lo que necesites: veinte, treinta, cuarenta duros, lo que te haga falta. No los llevo encima, pero te los mandaré mañana donde tú quieras.
—Gracias, no me hace falta nada; tengo dinero.
—¡Mentira!
—De veras, mujer, tengo dinero.
—Mira, Luis —exclamó apoyando los codos sobre el mármol de la mesa y mirándole fijamente—. Yo soy agradecida. ¿Te acuerdas cuando nos conocimos? Era una noche como esta, solo que aquella noche era yo la que estaba desesperada y triste: me había abandonado un hombre a quien quería y me echaban de la casa por no tener dinero. Te conté la historia y me diste diez duros, y cuando yo en pago de ellos quise darte mi cuerpo, que era lo único que yo podía darte, me contestaste: «No, niña; yo no compro mujeres ni me aprovecho de tristezas». Estas fueron tus palabras, ¿te acuerdas? «Si algún día nos encontramos y yo te veo contenta y feliz, me iré contigo porque eres una mujer muy hermosa, que me gustas mucho; pero esta noche, no»; ¿te acuerdas? —Hizo una pequeña pausa y prosiguió—: Aquellos diez duros fueron un préstamo; por lo tanto, te los devuelvo y te presto otros para que tú me los devuelvas a tu vez cuando los tengas; ¿estamos?
—No, Isabel, no; no me hacen falta.
Los camareros habían apagado la mayor parte de las luces, y después de colocar las sillas encima de las mesas, barrían el suelo mirando con mal disimulado enojo a aquella pareja que no acababa de marcharse.
—Vámonos, van a cerrar —dijo Luis.
—Sí, vámonos —contestó ella malhumorada, poniéndose en pie y atravesando el salón sin volver la cabeza. Antes de subir al coche, volvió a insistir.
—¿De manera que no quieres venir a casa?
—No.
—¿Ni quieres que te preste dinero?
—Tampoco.
—Pues bien, eres un mamarracho y un idiota y un imbécil —exclamó indignada, cerrando de golpe la portezuela—. Después de todo, mira, peor para ti.
Él se encogió de hombros y echó de nuevo a andar por las calles mojadas.