II

Era noche de Viernes Santo, y los habitantes de Toledo, después de haber asistido á las tinieblas en su magnífica catedral, acababan de entregarse al sueño, ó referían al amor de la lumbre consejas parecidas á la del Cristo de la Luz, que robado por unos judíos, dejó un rastro de sangre por el cual se descubrió el crimen, ó la historia del Santo Niño de la Guarda, en quien los implacables enemigos de nuestra fe renovaron la cruel Pasión de Jesús. Reinaba en la ciudad un silencio profundo, interrumpido á intervalos ya por las lejanas voces de los guardias nocturnos que en aquella época velaban en derredor del alcázar, ya por los gemidos del viento que hacía girar las veletas de las torres, ó zumbaba entre las torcidas revueltas de las calles, cuando el dueño de un barquichuelo que se mecía amarrado á un poste cerca de los molinos, que parecen como incrustados al pie de las rocas que baña el Tajo y sobre las que se asienta la ciudad, vió aproximarse á la orilla, bajando trabajosamente por uno de los estrechos senderos que desde lo alto de los muros conducen al río, á una persona á quien al parecer aguardaba con impaciencia.

—¡Ella es!—murmuró entre dientes el barquero.—¡No parece sino que esta noche anda revuelta toda esa endiablada raza de judíos!... ¿Dónde diantres se tendrán dada cita con Satanás, que todos acuden á mi barca teniendo tan cerca el puente?... No, no irán á nada bueno, cuando así evitan toparse de manos á boca con los hombres de armas de San Servando... pero, en fin, ello es que me dan buenos dineros á ganar, y á su alma su palma, que yo en nada entro ni salgo.

Esto diciendo el buen hombre, sentándose en su barca aparejó los remos, y cuando Sara, que no era otra la persona á quien al parecer había aguardado hasta entonces, hubo saltado al barquichuelo, soltó la amarra que lo sujetaba y comenzó á bogar en dirección á la orilla opuesta.

—¿Cuántos han pasado esta noche?—preguntó Sara al barquero apenas se hubieron alejado de los molinos y como refiriéndose á algo de que ya habían tratado anteriormente.

—Ni los he podido contar—respondió el interpelado;—¡un enjambre!... Parece que esta noche será la última que se reunen.

—¿Y sabes de qué tratan y con qué objeto abandonan la ciudad á estas horas?

—Lo ignoro... pero ello es que aguardan á alguien que debe de llegar esta noche... Yo no sé para qué le aguardarán, aunque presumo que para nada bueno.

Después de este breve diálogo, Sara se mantuvo algunos instantes sumida en un profundo silencio y como tratando de coordinar sus ideas.—No hay duda—pensaba entre sí;—mi padre ha sorprendido nuestro amor, y prepara alguna venganza horrible. Es preciso que yo sepa adónde van, qué hacen, qué intentan. Un momento de vacilación podría perderle.

Cuando Sara se puso un instante de pie, y como para alejar las horribles dudas que la preocupaban se pasó la mano por la frente, que la angustia había cubierto de un sudor glacial, la barca tocaba á la orilla opuesta.

—Buen hombre—exclamó la hermosa hebrea arrojando algunas monedas á su conductor y señalando un camino estrecho y tortuoso que subía serpenteando por entre las rocas,—¿es ese el camino que siguen?

—Ese es, y cuando llegan á la Cabeza del Moro, desaparecen por la izquierda. Después el diablo y ellos sabrán adónde se dirigen—respondió el barquero.

Sara se alejó en la dirección que éste le había indicado. Durante algunos minutos se la vió aparecer y desaparecer alternativamente entre aquel oscuro laberinto de rocas oscuras y cortadas á pico; después, y cuando hubo llegado á la cima llamada la Cabeza del Moro, su negra silueta se dibujó un instante sobre el fondo azul del cielo, y por último desapareció entre las sombras de la noche.