IX
nrique había conseguido, por fin, abrazar el fantasma divino de la gloria, en pos del cual tantos hombres corren en vano. Fué en la plaza de Vallecas, el día de Nuestra Señora del Carmen. La novillada se organizó en Madrid, para socorrer á ciertos pobres inundados de la provincia de Valencia, y como era ya uno de los aficionados obligados de esta clase de fiestas, se le invitó galantemente á banderillear un toro, honor que él declinó. La comisión se hizo cargo en seguida del motivo de esta renuncia. Después de hacer algunos cálculos y combinaciones, le invitó de nuevo á estoquearlo, y entonces no vaciló en aceptar, viendo á cubierto su dignidad. Hacía lo menos un año que había tomado la alternativa.
Y fué, como ya hemos indicado, para gloria suya, tormento de sus envidiosos y honra de la respetable familia á que pertenecía, por más que otra cosa juzgase su digno jefe. Después de una brega un poco movida, tuvo la suerte de matar el novillo de una soberbia estocada á volapié, mojándose los dedos y entrando y saliendo limpio. El delirio de palmas, cigarros y sombreros. Los aficionados taurómacos se disputaban el honor de abrazarle. Fué conducido en triunfo hasta el coche y victoreado hasta Madrid. Al día siguiente, los periódicos, haciendo la revista de la novillada, le ponían sobre los mismos cuernos de la luna. El Tábano, periódico severísimo, dedicado exclusivamente á la fiesta taurina, le dijo que tenía sangre y vergüenza, y este elogio, algo brutal, sin saber por qué, le hizo tambalear de gozo. La noche pasóla en vela y febril, pero acariciada el alma por mil ideas risueñas. Por la mañana se dedicó á limpiar el estoque, y estando empleado en esta tarea nobilísima, tuvo la satisfacción inefable de recibir la oreja del toro por él inmolado, que le remitía la comisión en una bandeja de plata. El criado, después de recibir una propina desusada, le dijo, el corazón postrado de admiración:
—¡Qué gran volapié, señorito! ¡Ni el Tato!
—¡Phs! No hay que exagerar, querido, no hay que exagerar—respondió Enrique, afectando modestia.—¡El Tato era un gran torero!
—Que le digo á usted que sí, señorito; el Tato no sale más limpio por la cola. ¡Mire usted que yo sé lo que son toros! El señor Paco (que en gloria esté) me lo tiene dicho muchas veces, viéndome llegar con el caballo de la rienda hasta el mismo hocico del animal:—«Juanillo, hijo mío, tú tienes sangre torera; dedícate al arte, que algo más sacarás que limpiando botas y arreando los jacos en la plaza.»—¡Pero, señor Paco, si tengo una señora que me arma un lío toítos los domingos porque me pongo la blusa encarná». Pus mucho jabón, hijo. A las señoras, pa que anden bien, hay que jabonarlas un día sí y el otro también.—¡Y que no tenía razón el tío! Si yo hubiera seguido sus consejos, otra persona sería... Yo fuí el que le di á usté la muleta cuando se le cayó. ¿No me ha visto?
—Sí... No he reparado mucho; pero me parece haberte visto en la plaza...
—¡Vaya! Si no es por mí que me he metío en los mismos cuernos, á D. Ricardito le engancha ayer el segundo novillo... ¡Mal animal era aquél! Como que ya le habían toreado en el pueblo, sigún me dijo el pastor. El de usted, señorito, era un torete mu vivo, mu bravo y al mismo tiempo mu valiente. La estocá resultó que ni pintá.
—¡Phs! regular, regular...
—Manífica, D. Enriquito, manífica. ¡Lástima que al pasarlo haya usté bailado un poquirritiyo!
—¡Que yo he bailado!—exclamó Enrique poniéndose rojo.—Hombre, me parece que entiendes tanto de toros como el forro de mis pantalones... ¡Pues no dice que yo he bailado!
La modestia, que sólo estaba prendida con alfileres, se le escapó de pronto. El criado, visto el mal efecto de su crítica, quiso enmendarla.
—No, si la brega ha sido superior, señorito: un poco más movida ó un poco menos, eso no vale na.
—Pues valga ó no valga, ya hemos hablado bastante, y no tengo más ganas de oir simplezas...
Y abrió la puerta para dejarle paso, y en cuanto salió, la cerró con estrépito, murmurando:
—¡El diablo del babieca! Lo del baile se lo habrá dicho Ricardito... ¡Más le valiera á ese morral tener vergüenza y no dejar que Felipe Gómez parase los pies á su toro!
Y convencido plenamente de que la mancha caída en la honra de su émulo no la borrarían todos los perfumes de la Arabia, quedó relativamente tranquilo. La lectura de los periódicos y la presencia de la ensangrentada oreja, mudo testimonio de su valor, concluyeron por volverle toda la calma. Pero una cosa le preocupó en seguida, y fué la manera que tendría de conservar aquel trofeo. Si la dejaba en tal estado, no tardaría en pudrirse. ¿La metería en alcohol? Se le caerían los pelos y quedaría convertida en un cartílago indecoroso. ¿La disecaría? Necesitábase averiguar si era posible. Determinó llevársela después de comer á Severini, el disecador de la Carrera de San Jerónimo. En la mesa se habló de la novillada. D. Bernardo estaba ya enterado por los periódicos de la proeza de su hijo, y aunque lisonjeado en el fondo del alma por los aplausos que le tributaban, no dejó de mostrarse severo y reprenderle, aunque no con tal acritud como otras veces.
—Vaya, vaya, Enrique, que sea la última vez que te exhibes en público de ese modo. Ya sabes que no me gusta que un hijo mío, aun haciéndolo bien, haga el papel de torero.
Enrique adivinó que su padre no estaba enfadado, y se confirmó en el antiguo axioma de que el éxito feliz borra todas las culpas. Encendió un cigarro, envolvió la sagrada oreja en un trapo, se la metió en el bolsillo y salió á la calle enderezando sus pasos hacia el café Imperial, esperando recibir allí nuevos plácemes de sus inteligentes amigos, y disertar toda la tarde acerca de la novillada de Vallecas. De paso contaba entrar en casa de Severini.
Serían las tres de la tarde y hacía bastante calor. Nuestro teniente (porque había ascendido) caminaba por la calle del Baño vestido á la última moda, levita inglesa abrochada, pantalón claro, bota de charol y sombrero de copa puntiaguda. Había querido vestirse así y dejar el traje chulesco que ordinariamente gastaba para dar más fuerza y relieve á su portentosa estocada del día anterior. Caminaba lentamente, con la marcha tranquila y presuntuosa de los hombres satisfechos de sí mismos, dirigiendo miradas penetrantes á los transeuntes á ver si le reconocían, y lanzando bocanadas de humo á los aires. Nunca se había hallado en tan feliz situación de cuerpo y de espíritu.
A la puerta de una casa de vacas estaba una joven sentada con un libro entre las manos. Enrique le dirigió una mirada al pasar, y las benévolas disposiciones en que se encontraba respecto á todo ser viviente le impulsaron á detenerse un instante y contemplarla con ojos risueños. La muchacha levantó los suyos, que eran grandes y negros, con cierta expresión entre fiera y maliciosa. Después de mirarle fijamente un buen espacio, los convirtió de nuevo al libro con marcada indiferencia.
Enrique avanzó hasta colocarse frente á ella, y le dijo en tono melifluo:
—¿Qué lee usted, hermosa?
La joven levantó de nuevo sus ojos y, examinándolo con atención algún tiempo, respondió:
—Memorias de cuatro pillos.
Y recalcó mucho la última palabra.
Enrique quedó un poco confuso; pero continuó inmóvil con la sonrisa en los labios. La joven se enfrascó de nuevo en la lectura. Al cabo de un rato volvió á levantar la vista, y le dijo con brío, en un tonillo irónico donde se traslucía la irritación:
—Pase usted, caballero, pase usted.
—De mil amores, prenda—repuso Enrique entrando en la tienda y colocándose en pie detrás de la chica.
Tornó ésta á mirarle con gesto altanero y le dijo muy seria:
—Hombre, me gusta usté por lo sinvergüenza.
—Y usted á mí por lo simpática.
—¡De veras! ¿Y desde cuándo?
—Desde la esquina, que la he visto á usted.
—¡Ay qué gracia! ¿Too eso sabía usté y se lo tenía callao?
—¿Pues á quién había de contárselo?
—A su abuela, hijo mío.
—No la tengo; la he perdido cuando era muy chiquitín.
—¡Qué mono!
—No; era más feo que ahora todavía.
—¿Y no lo enseñaba su papá en la feria?
—No me acuerdo. ¡Cáspita! ¿Tan feo me juzga usted?
—Pa qué le he de engañar... Como feo es usté más feo que azotar á un Cristo.
—Manolita—gritó la frutera de enfrente,—¿desde cuándo te has echao quitabrisas?
—Ahora mismito; ¿qué te paece?
—¿Se llama usted Manolita?—le preguntó Enrique.
—No, señor; me llamo Manuela.
—¡Qué saladísima y qué rica!
—¿Pus cuándo me ha probao usté?
Manolita era una chula en el porte, en el gesto, en el vestido, en el acento de sus palabras y en todos sus ademanes; pero era una chula muy linda, lo cual no es ningún milagro. Las hay como rosas de Alejandría por esas calles de Dios. Era su rostro ovalado, de color blanco mate; los ojos negros y rodeados de un leve círculo oscuro; negros también los cabellos, y peinados con sortijillas en las sienes; blanca y menuda y apretada la dentadura; la expresión de aquel conjunto grave y desdeñoso, como conviene á toda chula que no esté tirada á los perros.
—¿Conque decía usté que se iba de paseo al instante?
Enrique no había dicho semejante cosa.
—Antes de irme quisiera que usted me diese un vasito de leche.
Manolita se alzó gravemente de la silla, dejó en ella el libro y se dirigió al mostrador, y sin decir palabra llenó un vaso de leche, lo colocó sobre un plato y fué á posarlo en una de las tres ó cuatro mesillas de mármol que allí había. Mas al observar que Enrique no se sentaba y permanecía inmóvil en medio de la tienda, siguiendo sin pestañear todos sus movimientos, se detuvo repentinamente y le dijo con aquel tonillo irónico que no se le caía de los labios:
—¿Es que se lo quiere usté beber en casa, cabayero?
—En casa no lo bebiera aunque me diesen cinco duros.
—¡Pus hijo, ni que fuera rejalgar! Vaya, lo echaremos otra vez en la botija. No sea que se ponga usté malo y haya que mandar por la camilla al hespital.
Y diciendo y haciendo se fué derecha á la botija; mas Enrique la detuvo.
—No he querido decir eso, hermosa. En casa sí me haría daño, pero aquí... ¡Aquí se me hace todo gloria viéndola á usted!
—Señorito, usté necesita tila en vez de leche.
—¡Puede!... ¿Cuánto es esto?—añadió después de beber mirando risueño á Manolita.
—Menos de una onza.
—¿Cuánto?
—Medio rial.
Sacó unas monedas del bolsillo y, al posarlas en la mano de la chula, se sintió acometido súbitamente de una benevolencia vecina del entusiasmo hacia ella. Para dar testimonio de este sentimiento tan conforme con la esencia de la naturaleza humana y con el espíritu y doctrina del Cristianismo, que nos manda amar á nuestros semejantes, nuestro teniente no halló arbitrio mejor que darla un tierno abrazo acompañado de un beso más tierno aún. Mas antes de llevar á cabo tan plausible propósito, había echado una mirada cautelosa en torno para cerciorarse de que nadie vendría á turbar aquel acto benéfico, y se le habían erizado previamente los bigotes, como es costumbre en los buenos perros ratoneros. Una vez preparado de esta suerte, ¡allá voy!
Al verse en los brazos del teniente, la chula se revolvió como una fierecilla; desprendióse instantáneamente, dejó volar la mano, y ¡zas! le encajó un soberbio cachete en mitad de las narices.
De antiguo sabemos ya que las narices de Enrique tenían cierta influencia magnética sobre los cachetes, y los atraían como las agujas metálicas atraen las chispas eléctricas. Recordamos esto para que nadie se extrañe de que la bofetada hubiera ido á dar á aquel sitio delicado en vez de otra región del rostro. Dos chorritos de sangre salieron al instante por sus ventanas harto espaciosas, á dar fe de que Manolita no tenía las manos de cera, aunque lo pareciese en lo bien torneadas. Al ver la sangre, se embraveció más, como las leonas del desierto, y en poco estuvo que no le despedazase con un canjilón de hoja de lata, pues empuñado lo tuvo, y aun enarbolado un buen rato.
—¡Ay, qué rediós! ¿Qué me pasa?... ¿A usté qué se le ha figurao, tío silbante?... A usté le han engañao, señor. Le voy á aplastar del todo esa cara de chivo si no me la quita de delante más pronto que la vista...
Enrique se secaba las narices con el pañuelo, murmurando:
—¡Diablo, diablo, me ha hecho sangre!
—¡A ver si se larga usté, seo morral!... ¡seo morrral!... ¡seo morrrral!
Y cada vez iba recalcando más la erre, como si la salvación de su honra, puesta en peligro por el osado teniente, dependiese de la acertada pronunciación de esta preciosa paladial.
—Pero deme usted antes un poco de agua para lavarme... no puedo salir así.
—¡Agua de limón verde le daría yo! ¡Largo de aquí, tío indecente!
La joven extendía la diestra hacia la puerta con tanta dignidad que no cabía más. Enrique, atento á limpiarse la sangre y mirar con sorpresa las manchas que iban dejando en el pañuelo, no pudo apreciar en lo que valía aquella soberbia actitud digna de Juno, Palas, Cibeles ó cualquier otra diosa de la antigüedad. No obstante, la diestra mitológica se fué poco á poco doblegando á impulso de la compasión, y hasta al cabo de unos instantes fué la misma que trajo una jofaina, trasvertiendo de agua, de la trastienda, y la dejó sobre la mesa de mármol al lado del funesto vaso de leche que el morral se acababa de beber. Mas no vaya á creerse que esta operación dañó poco ni mucho á la dignidad de que la hermosa chula se había revestido; antes, al contrario, le dió más realce y esplendor. Y mientras el teniente se remojaba las narices sorbiendo el agua con miedo, ella, arrojándole miradas de olímpico desprecio al cogote y murmurando amenazas, se fué á sentar de nuevo á la puerta con el libro entre las manos.
Cortada la hemorragia y después de secarse bien con el pañuelo, salió el morral de la tienda y tuvo la desvergüenza de decir al pasar por delante de Manolita:
—Adiós, hermosa: no le guardo á usted rencor.
Nadie se atreverá á suponer que Manolita levantó siquiera los ojos del libro, cuanto más contestar á aquel tío.
Enrique se fué al Imperial con las narices rojas y un si es no es inflamadas, pero tan contento como si tal cosa. Los plácemes de los toreros y cierta disputa que duró toda la tarde, acerca de si es ó no lícito que el espada tenga un muchacho á las salidas en la brega cuando el toro no está huído y se revuelve por sí, le borraron de la memoria á la chula y su bofetada. Sólo al día siguiente, cuando salió de casa después de almorzar, le asaltó el recuerdo de su aventura. En vez de ascender por la calle del Prado para tomar la del Príncipe, como tenía por costumbre, se embocó por la del Baño lo mismo que el día anterior. Desde los primeros pasos que en ella dió, pudo columbrar allá á lo lejos el vestido á cuadros de percal y el pañolito azul de Manolita. El teniente sonrió, no recordando más que la parte deleitable del suceso. Era una de sus cualidades la de ver todas las cosas de este mundo por el aspecto más risueño. Y murmuró con dejo protector:
—Allí está mi chulilla. ¡Caramba si es salada y desenvuelta!
Y con una sonrisa almibarada entre los labios, se fué acercando lentamente á la vaquería, soltando bocanadas de humo y balanceándose como hombre cuya felicidad no podía ser turbada por bofetada de más ó de menos. Al llegar cerca de la joven, se detuvo lo mismo que el día anterior. La chula levantó la cabeza y, clavándole sus ojos airados, le dijo:
—¿Vuelve usté por otra?
—Si tiene empeño en dármela...
El rostro canino de Enrique expresaba una satisfacción tan pura, y al expresarla se había puesto tan horroroso, que la chula no pudo atajar una sonrisa que le brotó á la cara. Y bajándola para no comprometerse dijo:
—Vaya, vaya, siga usté su camino.
—No sea usted rencorosa, Manolita, y perdóneme.
—¡Música! Yo no soy cura pa dar asoluciones.
—Pues penitencias ya las sabe usted poner.
—No tal; debí darle con el canjilón, pa que no le quedase ganas de ponerse otra vez delante de mi vista.
—¡Eso sí que no! Las narices me puede quitar, ¡pero las ganas de verla á usted, nunca!
La chula, en estos dimes y diretes, se fué humanizando. Enrique, después de pedir permiso respetuosamente, consiguió entrar en la tienda y sentarse á tomar un vaso de leche. Y en buen amor y compaña, el teniente comenzó á hacerle el amor por lo fino, y la chula á contestarle por lo basto, bien que adivinándose que no le pesaba de ser festejada por un señorito de bomba. Enrique se hacía querer pronto por su carácter campechano y optimista. Manolita, hallándole como antes horroroso, comenzó á sentirse atraída hacia él.
—Pa qué más de la verdá—concluyó por decir:—es usté feo, pero tiene usté un aquel... vamos... particular.
—Sí, ya sé—respondió el teniente con gravedad:—soy feo, pero gracioso.
—¡No, eso tampoco!—exclamó la chula riendo.
—Bien, pues caigo en gracia sin ser gracioso.
—Eso es.
Cuando más embebidos se hallaban en su plática sabrosa, hé aquí que suenan en la trastienda unos pasos rudos y estrepitosos. Un hombre, mejor dicho, un gigante tuerto, aparece en la puerta del foro en mangas de camisa, calzones de paño pardo, faja encarnada y boina: el rostro, tan feo y temeroso como el de sus progenitores los cíclopes. Después de echar una mirada torva por el establecimiento, sin ver á Enrique ó sin que aparentase haberle visto, dejó escapar dos ó tres gruñidos, avanzó vacilando hasta el mostrador y, fijando su ojo vidrioso en el sombrero reluciente de felpa que el teniente había colocado allí, lo tomó con mucha delicadeza entre sus manazas descomunales, lo examinó con curiosidad como el naturalista que acaba de tropezar con un nuevo zoófito, y algo que quiso ser sonrisa pero que no pasó de mueca horrenda contrajo sus labios gordos y amoratados.
—Oj, oj, oj... Trr, trr, trr... ¿Hay un marqués en mi tienda, mal rayo?
Y echó otra mirada por la salita sin fijarla en parte alguna, como si allí no hubiese seres vivientes. Después, con mucha calma y cuidado, cual si ejecutara con él una de las últimas operaciones del arte, aplastó el sombrero hasta convertirlo en una tortilla; hecho lo cual, arrojólo por la puerta al medio de la calle con no menos delicadeza y sosiego.
Enrique se puso súbito rojo como una guindilla; inmediatamente pálido. Se alzó vivamente del asiento y, nuevo David, tuvo impulsos de arrojarse sobre el gigante; pero Manolita le contuvo haciéndole un sin fin de expresivas muecas, encaminadas todas á demostrar que el cíclope no estaba seco por dentro. Entonces Enrique se salió muy desabrido de la tienda.
—Padre, el sombrero era de ese cabayero, que es un parroquiano.
Y para que mejor se hiciese cargo de este deseo, la tumbó de un bofetón.
Pero Enrique, ni oyó la amable advertencia de la hija, ni la suave contestación del padre, ocupado como estaba en estirar y aliñar el sombrero.
—¡Cuando yo vuelva á esta cochina tienda!...—exclamó encasquetándoselo con furia y marchando como un vendaval calle arriba en busca del sombrerero.